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Verdad y periodismo
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Por Manuel Sánchez de Diego
Palabras como verdad, objetividad, profesionalidad, sinceridad, veracidad... tratan de conformar de alguna forma el buen hacer del periodista. De vez en cuando los profesionales de la información son acusados de mentir y, por tanto, se dice deben de ser sometidos a la ley.
La otra cara de la moneda es que el informador ante cualquier problema con sus mensajes esgrime la verdad como coraza protectora: lo importante es la verdad, aunque dañe el honor de una persona, aunque suponga el pánico de una población o ponga en peligro la vida de alguien. Decir o no decir la verdad. La verdad parece ser la prueba última del buen hacer del periodista. Pero ambas perspectivas deben de ser matizadas a la luz de las siguientes reflexiones. Y los matices desvirtúan ese valor supremo de la verdad.
Hay una diferenciación tradicional en la ciencia iusinformativa que realiza uno de los fundadores del Derecho de la Información, el profesor José María de Desantes Guanter, que distingue entre mensajes de hechos y mensajes de pensamientos. Los primeros tienen un referente externo: un objeto, una realidad que se encuentra fuera del sujeto. Los segundos, las ideas o pensamientos, se refieren a algo que ocurre dentro de la persona.
De los primeros mensajes –los de hechos-- podemos realizar un juicio de adecuación entre la realidad externa y el mensaje, esto es podemos contrastar el mensaje con la realidad externa y, por lo tanto, determinar la verdad de los que se dice. En el caso de los segundos, existe una mayor dificultad para determinar qué es lo que existe en el fuero interno de la persona, cuál es el verdadero pensamiento de una persona. Si de los mensajes de hechos se puede predicar si es verdad o no, en los mensajes de pensamientos la característica de los mismos es la sinceridad.
Pero reflexionemos sobre los mensajes de hechos, las noticias. Cuando expongo este tema en la Universidad utilizó un pequeño truco. Después de explicar la diferencia entre mensajes de hechos y de pensamientos, me refiero a una realidad externa como puede ser la puerta del aula y su color: El mensaje es muy sencillo: "la puerta es de color gris". Después de decir esto, pregunto a los estudiantes si estoy diciendo la verdad, la respuesta es clara: "sí". Insisto un par de veces más preguntando si digo la verdad, de si realmente la puertas es de color gris. Los alumnos ya con un cierto hastío contestan que sí, que en efecto la puertas de color gris. Entonces, me aproximo a ella y, la abro. La sorpresa es importante porque, por el otro lado, la puerta es de color naranja.
Con esta pequeña representación, los alumnos entienden perfectamente que un objeto puede cambiar según la perspectiva desde la que se mire. Si ya es difícil que más de cien personas puedan equivocarse sobre el color de la puerta que están viendo y, se equivocan. Entonces ¿qué tipo de verdad podemos pedir a los periodistas dentro de su margen de actuación, con la rapidez con la que trabajan, a veces fiándose de fuentes indirectas y, siempre con el filtro de los perjuicios o ideología, propios o del medio en el que trabaja?
La verdad es difícil de lograr, es escurridiza y la propia realidad puede ser contemplada desde diferentes perspectivas. Si una puerta tiene diferente color o una montaña cambia de color y forma, según la perspectiva desde la que se contempla; imaginemos un accidente, un evento, cualquier hecho noticiable que ocurre con rapidez, en el que pueden introducirse elementos valorativos, incluso pueden afectar a la sociedad. Por eso no ha de extrañarnos que conseguir la verdad objetiva --la adecuación del mensaje a la realidad-- sea en muchos casos inalcanzable, y si se exigiera a los periodistas, éstos casi nunca podrían informar y, de alguna forma, se ahogaría la información. Si solamente se pudiera comunicar aquello que es cierto objetivamente, poco se podría comunicar. El propio Tribunal Constitucional español en sus sentencias lo dice claramente: “veracidad no equivale a realidad incontrovertible de los hechos”.
¿Significa esto que ha dejado de tener valor la veracidad como valor, como límite intrínseco del derecho a la comunicación pública libre? En absoluto. Lo que ocurre es que ha de entenderse desde una perspectiva subjetiva. Veracidad supone que quien dice algo piensa que lo que dice es verdad y, ha llegado a ese convencimiento después de una actividad de comprobación. En palabras del Tribunal Constitucional español: “la veracidad de la información viene, así, a ser entendida como exigente al que la difunda de un deber de buscar la verdad. Una especial diligencia que asegura la seriedad del esfuerzo informativo, que no está constitucionalmente protegido para servir de vehículo a simples rumores, invenciones o insinuaciones”
De esta forma la veracidad de la información se convierte en una exigencia personal, en un compromiso del informadora a realizar una buena praxis, incluso por encima de la ideología y perjuicios del periodista o de la empresa informativa en donde presta sus servicios. La verdad depende de nosotros mismos, de nuestra capacidad de trabajo, de comprobar las fuentes, de no fiarnos de aquello que nos susurran al oído.
Depende de nuestra libertad y de resistir a lo que el Gobierno o la Oposición --¿será posible que sean los políticos los que nos acusan a los periodistas de mentirosos?-- desean que digamos. Depende en definitiva de nuestro buen hacer incluso a costa de nuestros compromisos personales y profesionales.
Por eso aquella frase cínica que ha figurado en algunas redacciones: "No dejes que la verdad estropee una buena noticia" es pan para hoy y hambre para mañana. Los periodistas vivimos de nuestro prestigio. Cada día los ciudadanos nos votan al comprar el periódico, al encender la radio o el televisor. Ese es nuestro compromiso diario con quienes confían que les facilitemos informaciones, las interpretemos y seamos cauce de opiniones. Todo ello debemos realizarlo con honestidad.
Los Tiempos, por Manuel Sanchez, Profesor de Derecho de la, 2010-02-21
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